La Taberna de Picalagartos
MACONDOMACONDO
Mucho tiempo después, sentado en el mismo umbral donde, con Pedro “el de la zapatera” y Cristóbal “el ocho”, sesteaba las horas muertas del estío, recordé aquellos veranos de tertulias nocturnas, faroles de melón y escopetas de balines para dar caza al reptil, cuya aparición de súbito, rompía el sosiego de las charlas “al fresco” de nuestras abuelas.
Veranos de puertas abiertas, de “chapas” que simulaban ser Perico Delgado por el borde de las aceras, de pelotazos por la calleja y de siestas ficticias que esperaban al “Kiki” con los helados.
Veranos de umbrales y azoteas, de piscinas plástico parcheadas, de polos con palillos de dientes en la nevera. De “Falcon Crest”, “Verano Azul”, napolitanos de Andrés, camisetas de tirantas, viernes de “pesetilla, y de calor, de mucha calor….
Veranos donde no veraneaba nadie, y cualquier visitante temporal, era recibido por nosotros como Melquiades por Buendía.
Agostos de macetas de cebada, ocultas a todas las miradas y fermentando en el tiesto para el día de la Virgen; ése en el que cambió el umbral de nuestra voz, y se nos rompió para siempre la pelotita de serrín… y ya, como Cernuda, “sólo pudimos recrear el tiempo sin tiempo del niño”.
Veranos en los que la playa estaba muy lejos, los amigos muy cerca, y el primer amor a un paso de casa; tras el umbral.
Recuerdo aquel verano, fue por entonces cuando me robaron por primera vez el corazón y logré el primer beso, ya casi era un hombre…. Era por agosto, y a lo lejos, sonaban los campanilleros.
FERNANDO LEPE| Próximo > |
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