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Desde mi calle de los Calvo
ESENCIAS Y CATEGORÍASESENCIAS Y CATEGORÍAS
Cuando el mito se convierte interesadamente en esencia, el peligro que se cierne sobre la sociedad es evidente. Del mismo modo, si se eleva a categoría, está claro que se intenta la más absoluta manipulación personal y colectiva.
Leía hace unos días detenidamente el libro del Génesis, para los creyentes esa parte inicial del Pentateuco que nos revela el mensaje de Dios a la humanidad, escrito en un lenguaje sencillo dentro de un complejo fondo sólo interpretable a la luz de la fe. Al llegar al capítulo cuarto, versículo veintidós, en el que se nombra a Túbal Caín, padre de los forjadores de cobre y hierro…, percibí una débil lucecita allá en lo más recóndito de mi mente. Porque, de la misma manera que uno cree en la veracidad del relato en el sentido de manifestación divina sobre la oposición entre la bondad de un Dios creador y las infidelidades humanas, también está convencido de que esos personajes con nombres y apellidos no son históricos, con lo cual no creo descubrir nada nuevo al inteligente lector. Sin embargo sí lo es el contexto en el que dicho personaje y otros van apareciendo en el relato bíblico, concretamente, Túbal-Caín, hacia 3500, en plena Edad de los Metales, cuando parte de la humanidad se hallaba en lo que el convencionalismo de la Historia llama metalurgia del cobre, y se daban las primeras manifestaciones escritas en las tablas sumerias de Uruk.
El hecho de que a ciertas figuras se les considere vertebradoras de determinadas razas, sin un auténtico fundamento –como no sea el meramente político-, produce verdadero asombro, aumentado hasta el límite cuando se habla de descendientes fundadores de pueblos, caso del mito de Aitor, procedente, según algunos, de Túbal. Ahí tenemos a este ser imaginario, gestado en el pensamiento del suletino decimonónico, Agustín Chaho, natural de Soule, en el Departamento de los Pirineos Atlánticos. Según Chaho, Aitor, tuvo siete hijos creadores de las siete provincias vascas, las tres españolas y cuatro francesas.
Mi interés en este tema de tan rabiosa actualidad, no es solamente político, está más en la curiosidad y en la razonabilidad del asunto. Y, miren por donde, ojeando poco ha la prensa diaria me acordé de un libro que leí ávidamente en mi adolescencia titulado “Navarra o los vascos en el siglo VIII”.Se trata de una especie de historia novelada en la que se mezcla el mito, la realidad, lo histórico y lo ficticio, realizada con la técnica narrativa del último tercio del siglo XIX, por el autor Francisco Navarro Villoslada. Afortunadamente lo tenía en mi biblioteca en edición de 1999 con cubierta e ilustraciones interiores de Luis Astrain. Recuerdo que lo adquirí por aquella fecha e, inmediatamente, me puse a releerlo con avidez, no sé si morbosa. Pues bien, en las páginas 390-391 de la edición referida, el excelente escritor recoge el mito de Aitor con las siguientes palabras: “Nuestro rey ha de casarse con la hija de Aitor –es decir, Amaya-, y mientras ésta no se bautice… ; o sea en la ficción narrativa, la condición de rey de los vascos la confiere el matrimonio con Amaya, la hija de Aitor y protagonista de la novela, aunque el requisito indispensable era la conversión de ella al cristianismo. Confieso que me interesó y continúa interesándome esta especie de epopeya del insigne escritor navarro de nacimiento.
A poco que profundicemos hoy en día sobre las características de ciertos nacionalismos, observaremos la necesidad que tienen de mitos esenciales, elevados a categorías supremas para afirmarlos en su autenticidad. Por eso este artículo podría también haberse titulado, con todos los respetos debidos: “Entre Túbal, Aitor. Wifredo y….. Carod.
JOSÉ Mª DABRIO PÉREZ
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